A veces pareciera que ser mamá es sinónimo de correr todo el día, resolver lo urgente, apagar fuegos y tachar pendientes. ¿Y si por un momento te detienes y haces espacio para ti?
Aunque repetimos con convicción “si yo no estoy bien, mis hijos tampoco”, pocas veces lo llevamos a la práctica. Nos cuesta. Porque vivimos en una cultura que romantiza el sacrificio maternal: se aplaude a la que nunca descansa, a la que siempre está disponible, a la que “puede con todo” sin pedir ayuda. Y en ese camino nos vamos olvidando de nosotras mismas.
Pero, ¿qué pasa con esa mamá que se va desgastando poco a poco?
Esa que un día se da cuenta que vive irritada, dormida a medias, con el cuerpo cansado, la mente saturada y el corazón desbordado.
La mamá estresada (que hemos sido todas)
Esa mamá que no para, que siente culpa si se pone cómoda para ver una serie, si pide comida en vez de cocinar, si no logra seguir el ritmo que ella misma se exige. Una mamá que reacciona en lugar de responder. Que se impacienta, que se frustra. Que quiere disfrutar más, pero no puede. Y no es porque no ame a sus hijos. Es porque ha dejado de pensar en ella. O, al menos, ha dejado de ponerse en la lista de prioridades.
Pero un día algo cambia. Puede ser una conversación, una pausa obligada, un agotamiento que ya no se puede ignorar. Y entonces aparece otra versión: Esa mamá que empieza a escucharse porque nota que está cansada, triste, enojada, confundida o simplemente abrumada. Y en vez de tragarse todo eso, lo honra, lo valida y, lo mejor: lo atiende.
Finalmente ha empezado a entender algo fundamental: su bienestar no es opcional. Es el cimiento desde el cual puede construir una crianza más amorosa, más paciente, más real.
Priorizarte no es egoísmo, es responsabilidad emocional. Cuando tú estás bien, ellos lo sienten. Cuando te das permiso de descansar, ellos aprenden a hacerlo también. Cuando dices “no puedo más” con honestidad, le estás enseñando a tus hijos que poner límites es sano. Cuando te ves al espejo con compasión, ellos entienden que el amor propio se cultiva.
Ponerte como prioridad no significa dejar de cuidar a los demás.
Significa hacerlo mejor, con más conciencia, con más energía y con menos culpa.
¿Cómo empezar?
- Haz una pausa y pregúntate: ¿qué necesito hoy?
- Respira 3 minutos con los ojos cerrados
- Escucha tu canción favorita sin interrupciones
- Silencia notificaciones por una hora
- Dedica al menos 15-20 minutos al día solo para ti.
- Escribe cómo te sientes. A veces lo que no se dice, pesa el doble.
- Di “no” sin tanta explicación. Te lo mereces.
- Pide ayuda. No tienes que hacerlo todo sola.
- Recuerda que descansar es «productividad» (si lo quieres ver de esa forma) emocional.
- No te olvides de tus hobbies y pasatiempos.
No eres una máquina. Eres una mujer que ama, cuida y guía, y que también tiene necesidades y sueños. Haz espacio para ti. Reconcíliate con tus emociones. Respira hondo.
Y repítelo todos los días: “Cuando yo estoy bien, todos estamos mejor”

