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Así me convertí en una persona ecológicamente responsable

Por Gabriela Hernández

Cuando era niña, por allá en los años ochenta, hubo una campaña que simplemente me marcó. El locutor en la televisión decía: “gota a gota el agua se agota”. Su tono de voz era dramático y se escuchaba preocupado. En serio me asustó. Algo pasó en mi cabeza y estoy segura que desde ese momento, a los 7 años de edad, me empecé a preocupar por el planeta.

No había otra opción, tenía que empezar a cuidar el agua. Bañarme se convirtió en un reto: estar cada vez menos tiempo en la regadera. Lo mismo sucedía al lavarme las manos; también se volvió una obligación para toda la familia utilizar un vaso para lavarse los dientes. Empecé a “educar” a mis papás y me enfurecía si alguno de ellos se tardaba más de 10 minutos en tomar un baño. ¿Jugar con agua? Absolutamente no.

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Hace poco menos de un año tuve otro momento como ese. Leí una nota sobre la basura y de nuevo estaba sintiendo el estrés que había experimentado hace  treinta años, pero con una pequeña diferencia, pues ahora en este planeta vive la persona que más amo en la vida, mi hijo. Ahora soy mamá y las catástrofes ambientales tienen un nuevo significado para mí: mi hijo está aquí y a él le va a tocar vivirlas. Se me heló la sangre. Tenía que hacer algo, lo que fuera. 

Preocuparse, pero mejor ocuparse

En datos del INEGI, en México se recolectan 86,343 toneladas de basura al día, en promedio (aproximadamente unos 800 g por persona). Solo 46 hogares de cada 100 separan la basura, y la que no se separa es más complicado reciclarla o, de plano, es imposible, pues se queda ahí ocupando espacio en los rellenos sanitarios y los tiraderos de basura. El 87% de ellos son a cielo abierto, es decir, hay basura volando por ahí eternamente. Tristemente, las bolsitas de papas que tiré a la basura a los 10 años siguen y seguirán aquí más tiempo que yo, que mi hijo y que los hijos de mi hijo.

Separar la basura en orgánica e inorgánica ya no es suficiente y no está funcionando, se necesita ir más allá y lo ideal es no solo ser responsables al desechar, sino también al consumir.

¿Por dónde empezar?

Primero que nada, investigando. Aprendí que los residuos inorgánicos se deben separar para facilitar su reciclaje. También me informé sobre los lugares a los que podemos llevar los desechos separados y así garantizar que se van a reciclar; incluso hay organizaciones que juntan esos residuos, los venden a los centros de reciclaje y con ese dinero ayudan a las comunidades más necesitadas. También aprendí a hacer eco ladrillos (todo un tema, digno de un artículo aparte) que se utilizan para construir casas para las personas que no tienen un hogar digno donde vivir.

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Ha sido un camino lleno de aprendizaje y de cambios, así como todo un reto en la familia. Mi esposo, más de una vez me vio separar la basura en ocho categorías distintas y pensó que me estaba volviendo loca, y más de una vez también me dijo que no tenía mucho caso lo que estaba haciendo: «¿cuántas personas hacen lo mismo que tú?», «¿de verdad crees que todo esto haga la diferencia?», me cuestionó. Mi respuesta siempre fue un rotundo: «sí, sí lo creo». 

Estoy segura que si cada uno de nosotros hace un cambio, aunque sea pequeño, por más insignificante que parezca, estaremos por lo menos haciendo algo, y hacer algo siempre es mejor que nada.

En algún momento mi convicción lo convenció y nos convertimos en un par de obsesionados en el tema. Ahora separamos la basura juntos, la llevamos a reciclar, hacemos eco ladrillos, compramos productos a granel, dejamos de comprar cosas que vienen en empaques que no se reciclan y también empezamos a contagiar a la gente a nuestro alrededor.

Respeto por el planeta

Y mientras hacemos todo esto, hay unos ojitos que nos miran atentos y una cabecita que almacena toda esta información: es nuestro hijo de 8 años aprendiendo a cuidar el planeta, su planeta, preocupado por lo que está pasando y haciendo algo al respecto, recordándole a su papá que no se tarde tanto en la regadera, guardando una envoltura de paleta en su lonchera para meterla al eco ladrillo, apagando las luces que no se utilizan, creciendo con una nueva manera de hacer las cosas, la única manera, la que funciona mejor.

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He de confesar que no ha sido nada fácil «esta nueva vida más ecológica». De hecho, a veces es una verdadera lata, pero estoy convencida que vale la pena cambiar nuestros hábitos. Creo que es necesario «resetear» nuestra mente y empezar a tomarnos en serio la crisis ambiental a la que nos enfrentamos.

Alguna vez leí esta frase de Robert Swan: «la peor amenaza para nuestro planeta es creer que alguien lo salvará». Coincido por completo.

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Me enamoré de las revistas desde niña, lo que me llevó a estudiar Diseño Gráfico y, posteriormente, a dedicar mi vida profesional en varios proyectos editoriales desde hace casi 15 años. A inicios del 2011, me convertí en mamá de un niñito que desde hace 9 años ha revolucionado mi mundo de mil maneras distintas pero, sobre todo, lo ha llenado de sonrisas, amor y mucho aprendizaje. Alguna vez me dijeron: “los hijos te enseñan a ser padre”, y sí, efectivamente, mi hijo ha sido mi mejor maestro en esta aventura de la maternidad.

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